Ann Sheridan no hablaba, no nació muda ni tuvo ningún trauma que le hubiera afectado al habla, simplemente no quería hablar. Sus padres la querían mucho al igual que a su hermana mayor y a su hermana pequeña. En esa casa se hablaba mucho, en la mesa todo el mundo intervenía, todos hablaban a la vez con lo cual nadie escuchaba. Cuando volvían de la escuela las niñas y del trabajo los padres se metían todos en la cocina y mientras preparaban la cena, en esa casa todos ayudaban, se iban contando todo lo que había pasado en el día, lo hacían todos al tiempo, unos a otros, las voces subían y bajaban pero nunca paraban. Ann un día no se encontraba muy bien, le dolía la garganta y a penas podía hablar, trataba de decirlo sin conseguir que la hicieran caso, entonces se calló y así empezó su nueva vida. Al rato de estar callada y sin que nadie se diera cuenta, empezó a sentirse mejor, le dolía menos la garganta, se levantó del taburete donde se sentaba viendo cocinar a su madre y a su hermana mayor, se calentó un vaso de leche en el microondas y se tomó una aspirina, puso la mesa, su padre ponía la lavadora, su hermana pequeña daba de comer al perro y todos hablaban y hablaban.
Ann probó a seguir callada durante la cena y lo consiguió, también cenó más a gusto pues pudo comer mas despacio, saboreando la comida ¡que bien cocinaba su madre!, se pasó la cena oyendo a los demás y dándose cuenta por primera vez de como eran cada uno de ellos y entreviendo sus problemas. Parecía que según se cerraba su boca se abrían sus oídos y su entendimiento. Por la mañana no le dolía nada, había dormido muy bien y la noche anterior había logrado acabar sus deberes, estaba muy contenta, se despidieron todos con un beso y se fueron a sus obligaciones.
Cuando la profesora le pidió a Ann que leyera la redacción, esta se la dio escrita en el cuaderno para que viera que la había hecho, y con un ademán se tocó la garganta, la Srta. Harris la entendió perfectamente, ella misma la leyó en voz alta y le puso un ocho de nota pues le pareció que estaba muy bien, el día pasó apaciblemente, Ann escuchaba todo y a todos, cuando se veía obligada a hablar se tocaba la garganta y todos la entendían y la dejaban en paz. Al cabo de la semana la Srta. Harris llevo a Ann a la enfermería del colegio para que la enfermera mirara su garganta y saber qué le pasaba que no hablaba, naturalmente la enfermera no vió nada raro, entonces la profesora llamó a los padres de Ann para que la llevaran a un especialista. Los padres de Ann no habían notado hasta ese momento que ella no hablara y muy preocupados la empezaron a llevar a los mejores otorrinolaringólogos que había en la ciudad, ninguno lograba saber que le pasaba, todo estaba bien y no había razón orgánica para que no hablara.
Ann mientras tanto se sentía feliz, había comprobado que no era necesario hablar, podía hacerse entender perfectamente escribiendo, podía seguir sus estudios y hacer todos los exámenes por escrito, estaba pensando, ahora que tenia tanto tiempo para pensar, que profesión escogería donde no tuviera nada que decir. Por otra parte había dejado de pelearse con sus hermanas ya que como no discutía, no tenia razón para pelear, ya no se metía con todo lo que se ponía su hermana mayor, no podía criticarla, en cambio había empezado a escucharla y ella le contaba todo, se desahogaba con Ann y le estaba muy agradecida, hasta empezó a prestarle su ropa, cosa que antes no permitía casi ni que la mirara. Su hermana pequeña también estaba feliz, pues cuando jugaban podía ser siempre la vendedora, la profesora, la veterinaria, la peluquera, en fin el centro del juego. Sus padres, que no entendían lo que pasaba, se mostraban pensativos y preocupados pero también atentos y cariñosos, así la vida en la casa se calmó, entró en otra fase, empezaron todos a escuchar hasta los silencios de Ann
Después de los otorrinos vinieron los sicólogos y después los siquiatras, todos intentaban que Ann hablara o por lo menos les dijera por escrito que le pasaba, pero ella no quería decirlo, temía con razón que si lo sabían la obligarían a hablar y ella no quería perder su nueva vida. Lo veía todo y a todos desde otra perspectiva, eran mejores las personas y las circunstancias mucho más favorables. Todo eso lo había conseguido simplemente dejando de hablar, que fácil había sido todo, casi no podía creerlo, se daba cuenta de como puede influir una cosa tan sencilla en todo lo que la rodeaba, se sentía feliz y no quería dejar de sentirse así nunca más.
Ann Sheridan encontró una profesión ideal, desde los veinte años vive en el Monasterio de Sijena (Huesca) siguiendo la regla de S. Bruno de las hermanas de Belén de completo silencio. Y es feliz.
