Alfaz del Pi, Noviembre 2007
PEPE, EL CONSEGUIDOR
Había venido Anselmo a verme y me encontró con la mirada perdida y cara de preocupación.
-¿Se puede saber qué te pasa?
-Tengo un problema Anselmo, pero no un problema cualquiera, sino un gran problema
- No será tan grave Mario. Cuéntamelo.
- Si lo es, Anselmo. Verás, mi hija acaba de terminar enfermería, en la especialidad de matrona y ahora se quiere presentar a las oposiciones en el Hospital de Jesús del Gran Poder.
-¿Y ese es el gran problema?
-Déjame, que no he acabado de contarte. El problema es mi mujer, Carmen, se ha empeñado en que le busque un enchufe a la niña para que no pierda la oposición.
-¿Pero tu hija no es una empollona, según decías?
-Claro que sí, la pobrecita no levanta los codos de la mesa ni un momento, pero Carmen dice, que como las otras chicas tengan enchufe y la niña no, no importara lo bien que haga el examen ni las prácticas, le darán la plaza a una de las enchufadas.
-Siento decirte que Carmen tiene razón. Veo que tendrás que buscarte un enchufe.
-Pero, es que no conozco a nadie en ese hospital, ni tampoco en Sanidad.
- ¿Y no conoces a Pepe?
-¿A qué Pepe?
-No sé su apellido, pero le conoce todo el mundo, sobre todo, el mundo que corta el bacalao, o sea, el poder.
-¿Y tu crees que él podría conseguir algo?
-Seguro que sí, como será, que le llaman “El Conseguidor”
-Tendré que hablar con él. ¿Tú le conoces?
-Yo no, pero preguntaré en el trabajo. Seguro que alguno de los abogados de mi bufete, le conocen. Tú también puedes preguntar por él, en tu empresa de ingeniería, seguro que alguien le conoce.
Efectivamente, el presidente de mi empresa le conocía y me concertó una cita con Pepe en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Por fin podría hablar con él.
Pepe se acercaba; yo le esperaba sentado a la mesa, andando con calma por el restaurante, con un traje impecable, con la sonrisa puesta, saludando a uno y otro lado, demostrando con eso que conocía a medio comedor, todos ellos, personas muy importantes e influyentes.
Cuando llegó a la mesa, me levante extendiendo la mano. Nos saludamos y pedimos la comida hablando de cosas banales.
-Lo primero tuteémonos pues desde hoy vamos a ser amigos ¿de acuerdo?
-Por supuesto.
Pepe era un hombre alto, delgado, elegante, con una gran mata de pelo blanco. Aparentaba estar en la cincuentena y parecía un buen hombre, era campechano, sonriente y amable y tenía una charla fácil y amena.
A los postres entramos en harina.
-Bueno, ¿Mario, verdad? Díme que necesitas.
-Pues verás Pepe. Tengo una hija que acaba de terminar enfermería y quiere hacer la oposición para el hospital Jesús del Gran Poder. ¿Conoces a alguien allí que me pudiera echar una mano?
-Haber, déjame pensar…Sí, creo que conozco al administrador. Hablaré con él.
-¿Servirá de algo?
-Naturalmente, dalo por hecho. De todas formas, dile a tu hija que estudie mucho, que vaya bien preparada. Así llevará más confianza y además me dejará en mejor lugar.
-No te preocupes, mi hija es una empollona y seguro que llevará los temas al dedillo.
-Entonces no te preocupes. Carlos, el administrador, me debe un par de favores y seguro que usará toda su influencia para que entre tu hija. Llámame cuando se convoquen las oposiciones para darle otro toque.
-Muchas gracias, te llamaré sin falta. ¡Camarero, la cuenta!
-Ni se te ocurra, hoy invito yo. Cuando tu hija entre en el hospital, me invitas tú.
Nos despedimos como dos amigos de toda la vida.
Al cabo de unos días Anselmo se acercó a mi despacho para desayunar conmigo.
-¿Qué tal con Pepe?
-Fenomenal chico, es un tipo fabuloso. Todo fueron facilidades. Me aseguró que todo estaba hecho. Que la niña ya está dentro.
-¿O sea, que conocía a alguien allí?
-Nada menos que al administrador. Ese tipo debe conocer a todo el mundo.
-Ya te dije que todo el mundo le conoce a él.
-Ya lo vi en el restaurante, iba saludando como un torero. Y para colmo, no me dejó pagar.
-¿Te invitó?
-Parece increíble pero así fue. No solo me busca una recomendación para mi hija, sino que me invita a comer.
-He preguntando a la gente por Pepe, y me he enterado de que le conoce todo el mundo y todos se jactan de ser sus amigos. Parece que ha hecho favores a personas muy importantes y hay mucha gente en deuda con él.
-¿Pero tu sabes por qué lo hace? ¿Por dinero? A mi no me pidió nada.
-¡Que va! Lo hace por amor al arte. Porque es buena persona y le gusta tener amigos.
-Y su familia ¿Qué dice? Imagino que con tantos amigos se pasará todo el día fuera de casa.
-Según se comenta, porque él no cuenta nada directamente, no debe tener mucha familia.
-¿Esta casado?
-Es solterón.
-Mejor para él, se ahorra muchos disgustos.
-No seas hipócrita, que harías tú sin Carmen y tus hijas.
-No tener que buscar un “conseguidor”
-Bueno, ya me contarás en que acaba todo. Me tengo que ir.
-Yo también. Nos vemos.
Al cabo de pocos meses se convocaron las oposiciones y yo llamé a Pepe para decírselo.
Fue imposible comunicar con él, su teléfono, cuando no estaba comunicando, estaba “apagado o fuera de cobertura” como decía la irritante voz grabada. Cansado, intenté dejarle un mensaje pero no tenía buzón de voz. Al cabo de un par de días me llamo él.
-Hola Mario, soy Pepe, sé que me has estado llamando.
-Si Pepe, y es casi imposible hablar contigo.
-Es verdad, tengo tantas llamadas que a veces se bloquea el teléfono. Pero no te preocupes yo siempre miro las llamadas perdidas y contesto a todo el mundo. Díme, ¿para qué me llamabas?
-¿Recuerdas de lo que hablamos en el restaurante? Pues ya se han convocado las oposiciones y como me dijiste que te lo recordara, eso hago.
-Recuérdame dónde eran las oposiciones.
-En el hospital Jesús del Gran Poder.
-Si, ya me acuerdo. Era para matrona, ¿verdad?
-Efectivamente.
-Hablaré con Carlos lo antes posible. Le llamaré hoy mismo para comer.
-Muy bien, gracias. Ya me contarás si sabes algo.
-Tú me lo contarás a mí cuando entre tu hija en el hospital.
-De acuerdo. Ya hablaremos. Un saludo.
-Adiós, otro para ti.
El día de la oposición mi hija se presentó muy preparada y muy nerviosa, pero confiada con las promesas de Pepe.
Las aprobó con el número dos.
Llamé a Pepe al día siguiente y como de costumbre no pude comunicar con él pero me devolvió la llamada poco después.
-¿Mario?
-Si Pepe soy yo. Te he llamado para decirte que mi hija ha aprobado las oposiciones y darte las gracias.
-Me alegro mucho. Ya te dije que entraría.
-También quería invitarte a comer el día que puedas.
-No te preocupes, yo te llamaré muy pronto pero, es que estos días estoy muy liado.
-Como quieras. Espero tu llamada.
Fueron pasando los días y Pepe no me llamó. No le di la más mínima importancia.
Un día, después de una comida de trabajo, se me acercó el metre del restaurante.
-Don Mario, no quisiera molestarle, pero me gustaría darle las gracias.
-¿A mi? ¿Por qué?
-Por lo de mi hijo.
-¿Su hijo? No entiendo.
-Sé que no debiera decir nada pues estas cosas se llevan de una manera muy reservada y así me lo insistieron, pero como le conozco como cliente y yo nunca me atreví a pedírselo directamente, no puedo dejar pasar esta ocasión de darle las gracias.
-Sinceramente, no entiendo nada de lo que me dice.
-Me refiero a los informáticos que han entrado hace poco en su empresa.
-Sí, han entrado tres informáticos ¿Y?
-Uno de ellos es mi hijo.
-Me alegro. ¿Y por qué me quiere dar las gracias?
-Si no es por usted, estoy seguro de que no hubiera entrado. Me lo dijo don Pepe.
Entonces caí en la cuenta. Se refería a Pepe “el Conseguidor”.
-¿Entonces, usted habló con Pepe para que este hablara conmigo y yo ayudara a que su hijo consiguiera la plaza?
-Claro, por eso quería darle las gracias y asegurarle que no se sabrá nada por mí. Además mi hijo vale mucho y aunque acaba de terminar la carrera, trabajará muy bien, es muy responsable.
-No se preocupe, estamos muy contentos con él. Y procure no comentarlo.
-No lo haré don Mario, nadie sabrá nada por mi. Y otra vez, gracias.
-De nada, no ha sido nada.
No sabía el buen hombre que verdad encerraban mis ultimas palabras, pues nada había hecho por su hijo, ni siquiera sabia, quien de los tres era. Tampoco Pepe me lo había pedido. ¿A que jugaba el tal Pepe?
A partir de ese momento me puse a indagar más profundamente sobre Pepe “el conseguidor”. De una manera muy discreta fui preguntando a todo el mundo si Pepe le había pedido un favor para alguien o si había sido agraciado por uno de sus favores.
Nadie reconocía, es curioso, que Pepe le hubiera pedido un favor, ni para si ni para nadie y menos que se lo hubiera hecho. Ni siquiera los muy amigos, como Anselmo, y que no tenían porqué mentir. En cambio muchas de esas personas me reconocieron, haberle pedido favores o recomendaciones a Pepe y que este se los consiguió. Como me había pasado a mi mismo.
Por otra parte, todo el mundo hablaba maravillas de Pepe y estaban seguros de que podía conseguir lo que se propusiera, tal era la cantidad de amigos influyentes que tenía, en todas las esferas de poder, desde la universidad a la judicatura, desde las fuerzas armadas a la política, desde los medios de comunicación a la iglesia. En todas estas áreas, encontré amigos de Pepe.
Entonces, si los amigos eran reales, y lo eran, y sin embargo negaban que Pepe les pidiera recomendaciones de ningún tipo ¿A quien pedía los favores Pepe? ¿Cómo hacía para sin pedirlos, satisfacer a quien él quería?
No lo veía nada claro, ni sabía que pasaba, pero de una cosa estaba seguro, había conseguido que mi hija entrara en el hospital.
Pepe era mi amigo.
Gemma Demarcos.