VOLVER A OCAÑA
Volver a Ocaña es volver a la
infancia
y recorrer sus calles empedradas,
aquellas que conservan en su alma
nuestras tiernas pisadas.
El duro pavimento las oculta,
pero ellas registran: ¡la imprevista llegada!
Sus cerros escarpados, ya vencidos,
parece recobraran el color pretérito;
en que quizás eran verdes y bermejos,
aromados por frutas provincianas:
las tiernas pomarrosas, caimitos, arrayanas;
guayabitas agrias, naranjas o jujamas…
¡El jugo de la tierra, de Ocaña enamorada!
Es volver Al Molino, a cuyas plantas
el Tejo mueve cristalinas aguas;
en tanto, hermosos barbatuscos
alfombran su verdor de rojo lino,
nutriendo de aromas el sendero.
Flores divinas, cual maná celeste,
¡Precioso manjar del ocañero.!
Visitar Santa Rita en su santuario,
la santa de imposibles venerada.
Con la espina letal sobre la frente;
y su hermoso rostro penitente,
blancura de cal, por Dios amada.
Y su altar: testigo de la angustia
que Antón, a la santa le confiara.
Volver a Ocaña…
Es retomar el sentido de su Historia:
Sus mitos, sus leyendas, sus anhelos.
Es pensar que en cocotas maduradas
se puede degustar del sacro suelo.
Con la fe que nos lleva a Torcoroma;
o al Cautivo, en el barrio El Carretero
Es volver a escribir aquellos versos
Que después eran canción para la amada.
Es volver a recorrer el Parque
que guarda entre sus ceibas centenarias:
¡La propia libertad vivificada!
Encontrarnos de pronto con la infancia,
que vibra en el fondo de las almas…
¡al suave tañer de una campana!
Gabriel Ángel Páez Téllez